Unidad 12. Narrativa y teatro a partir del siglo XX

Asesinato en el Orient Express, de AGATHA CHRISTIE

Ratchett habló a su compañero, quien se marchó inmediatamente. Luego se levantó, pero, en lugar de seguir a MacQueen, se sentó inesperadamente en la silla frente a Poirot.

– ¿Podría darme fuego? -preguntó. Su voz era suave, ligeramente nasal-. Mi nombre es Ratchett.

Poirot metió la mano en el bolsillo, sacó una caja de cerillas y se la dio.

– Creo que tengo el placer de hablar con monsieur Hercule Poirot. ¿No es así?

– Ha sido usted correctamente informado, señor.

El detectivo advirtió la mirada astuta que lo evaluaba.

– En mi país vamos directamente al grano – añadió Ratchett -. Quiero que haga un trabajo para mí.

Las cejas de monsieur Poirot se elevaron ligeramente.

– Ma clientèle, señor, es bastante limitada. Me ocupo de muy pocos casos.

– Eso me han dicho, monsieur. Pero en este asunto hay mucho dinero -manifestó, para después repetir con su voz dulce y persuasiva-. Mucho dinero.

– ¿Qué es lo que desea usted que haga, Mr… Mr. Ratchett? -preguntó el belga, después de una pausa.

– Monsieur Poirot, soy un hombre rico, muy rico. Los hombres de mi posición tienen muchos enemigos. Yo tengo uno.

– ¿Sólo uno?

– ¿Qué quiere decir usted? -replicó Mr. Ratchett.

– Monsieur, según mi experiencia, cuando un hombre está en situación de tener enemigos, como usted dice, el problema no se reduce a uno solo.

Ratchett pareció tranquilizarse con la respuesta.

– Comparto su punto de vista -dijo rápidamente-. Enemigo o enemigos, no importa. Lo importante es mi seguridad.

– ¿Su seguridad?

– Mi vida está amenazada, monsieur Poirot. Pero soy un hombre que sabe cuidar de sí mismo. -Sacó del bolsillo de la americana una pequeña pistola automática que mostró un momento-. No soy hombre a quien pueda cogerse desprevenido. Pero nunca está de más redoblar las precauciones. He pensado que usted es el hombre que necesito y recuerde que hay mucho dinero de por medio.

Poirot le miró pensativo unos minutos. Su rostro era completamente inexpresivo. El otro no pudo adivinar qué pensamientos pasaban por su mente.

– Lo siento, señor -dijo al fin-. No puedo complacerle.

Ratchett le miró fijamente.

– Entonces dígame usted su cifra.

– No me comprende usted, señor. He sido muy afortunado en mi profesión. Tengo suficiente dinero para satisfacer todas mis necesidades y mis caprichos. Ahora sólo acepto los casos que me interesan.

– ¿Le tentarían a usted veinte mil dólares?

– No.

– Si lo dice usted para conseguir más, le advierto que pierde el tiempo. Sé el precio de las cosas.

– Yo también Mr. Ratchett.

– ¿Qué encuentra usted de malo en mi proposición?

Poirot se puso en pie.

– Si me perdona usted, le diré que no me gusta su cara Mr. Ratchett.

Y acto seguido abandonó el vagón restaurante.

Final del Capítulo III

Conozcamos un poquito más sobre Agatha Christie con la parodia de Leonor Lavado.

Uno de los sitios donde encontró la paz esta escritora fue en Puerto de la Cruz (Tenerife). Sigue las pistas del callejero literario, elaborado por Miguel Ángel Reyes Lemus, para descubrir más sobre esta autora y su relación con esta preciosa ciudad canaria.


PETER PAN, de James Barrie

Todos los niños crecen, excepto uno. No tardan en saber que van a crecer, y Wendy lo supo de la siguiente manera. Un día, cuando tenía dos años, estaba jugando en un jardín, arrancó una flor más y corrió hasta su madre con ella. Supongo que debía estar encantadora, ya que la señora Darling se llevó la mano al pecho y exclamó: —¡Oh, ojalá pudieras quedarte así para siempre! Eso fue todo lo que pasó entre ellos, pero a partir de entonces Wendy supo que tendría que crecer. Siempre se sabe a partir de los dos años. Los dos años marcan el principio del fin.

Los niños a lo único que piensan que tienen derecho cuando se le acercan a uno de buena fe es a un trato justo. Después que uno haya sido injusto con ellos seguirán queriéndolo, pero después nunca volverán a ser los mismos. Nadie supera la primera injusticia: Nadie salvo Peter.

Las estrellas son hermosas, pero no pueden participar activamente en nada, tienen que limitarse a observar eternamente. Es un castigo que les fue impuesto por algo que hicieron hace tanto tiempo que ninguna estrella se acuerda ya de lo que fue. Por ello, las pequeñas todavía sienten curiosidades.

¿Quién fue en realidad Peter, el de Peter Pan?


‘NIGHT, MOTHER, de Marsha Norman (1983)

Situación de aprendizaje realizada por Ethan Goñi García.

A. Reconstruyendo una escena de ‘night, Mother (repartir fragmentos)

B. Escucha activa de la adaptación cinematográfica de ‘night, Mother (Tom Moore, 1986)

Escucha atentamente el fragmento de la adaptación cinematográfica sin visualizar las imágenes. Durante la audición, presta atención a los elementos paralingüísticos que contribuyen a la construcción del significado (tono, ritmo, pausas y silencios, intensidad emocional y cambios de entonación).

  • El valor del silencio

Reflexiona sobre las siguientes cuestiones:

  1. ¿Existen momentos de silencio significativos?
  1. ¿Qué crees que expresan esos silencios?
  1. ¿Podría comprenderse la escena del mismo modo sin ellos?
  • Identificación de emociones

¿Qué emociones percibes en los personajes?

EmociónNo
Tristeza
Miedo
Enfado
Resignación
Cariño
Frustración
Culpa
Soledad
  • La entonación

Completa la tabla:

Personaje¿Cómo habla?¿Qué transmite?
Madre
Hija

C. Comprensión del conflicto

Vuelve a visualizar el fragmento y contesta las siguientes preguntas

  1. ¿Qué relación mantienen los personajes?
  1. ¿Qué conflicto percibes entre ellos?
  1. ¿Qué emociones predominan en la conversación?

Orden de los fragmentos de ‘night, Mother


Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen

Escucha el siguiente resumen y contesta estas preguntas:

  1. ¿Cuál es el conflicto principal que enfrenta Nora a lo largo de la obra?
  2. ¿Cómo evoluciona la relación entre Nora y Torvaldo durante la historia?
  3. ¿Qué papel desempeña el secreto que guarda Nora en el desarrollo de la trama?
  4. ¿Qué críticas a la sociedad y al papel de la mujer se presentan en la obra?
  5. ¿Por qué la decisión final de Nora es tan importante para el desenlace de la historia?

Helmer.—¿Qué injusto y desagradecida eres, Nora! ¿No has sido feliz aquí?

Nora.—No, nunca. Creí serlo; pero no lo he sido jamás. […] Estaba solo alegre, y eso es todo. Eras tan bueno conmigo… Pero nuestro hogar no ha sido más que un cuarto de recreo. He sido la muñeca en casa de papá. Y a su vez los niños han sido muñecos. Me divertía que jugaras conmigo, como a los niños verme jugar con ellos. Eso es lo que ha sido nuestro matrimonio. […] Necesito estar completamente sola para saber a qué atenerme respecto a mí y a lo que me rodea. No puedo seguir contigo.

Helmer.—¡Nora, Nora!

Nora.—Quiero marcharme en el acto. Supongo que Cristina me dejará pasar la noche en su casa.

Helmer.—¿Has perdido el juicio? […] ¡Te lo prohíbo!

Nora.—Después de lo que ha pasado, es inútil que me prohíbas algo. Me llevo todo lo mío. De ti no quiero nada, ni ahora ni nunca.

Helmer.—¿Qué locura es esa?

Nora.—Mañana salgo para mi casa…, es decir, para mi tierra. Allí me será más fácil encontrar un empleo.

Helmer.—¡Qué ciega estás, criatura sin experiencia!

Nora.—Ya procuraré adquirir experiencia, Torvaldo.

Helmer.—¡Abandonar tu hogar, tu marido, tus hijos!… ¿Y no piensas en el qué dirán?

Nora.—No puedo pensar en esos detalles. Solo sé que esto es lo que debo hacer.

Helmer.—¡Oh, es odioso! ¡Traicionar así los deberes más sagrados!

Nora.—¿A qué llamas tú deberes más sagrados?

Helmer.—¿Habrá que decírtelo? ¿No son tus deberes con tu marido y tus hijos?

Nora.—Tengo otros deberes no menos sagrados.

Helmer.—No los tienes. ¿Qué deberes son esos?

Nora.—Mis deberes conmigo misma.

Henrik Ibsen
Casa de muñecas, Cátedra


Teatro de lo absurdo

Esperando a Godot, de Samuel Beckett

Acto I

Estragón.—Delicioso lugar. (Se vuelve, avanza hacia la rampa, mira hacia el público.) Semblantes alegres. (Se vuelve hacia Vladimir.) Vámonos.

Vladimir.—No podemos.

Estragón.—¿Por qué?

Vladimir.—Esperamos a Godot.

Estragón.—Es cierto. (Pausa). ¿Seguro que es aquí?

Vladimir.—¿Qué?

Estragón.—Donde hay que esperar.

Vladimir.—Dijo delante del árbol. (Miran el árbol.) ¿Ves algún otro?

Estragón.—¿Qué es?

Vladimir.—Parece un sauce llorón.

Estragón.—¿Dónde están las hojas?

Vladimir.—Debe de estar muerto. […]

Estragón.—Yo debería estar aquí.

Vladimir.—No aseguró que vendría.

Estragón.—¿Y si no viene?

Vladimir.—Volveremos mañana.

Estragón.—Y pasado mañana.

Vladimir.—Quizá.

Estragón.—Y así sucesivamente.

Vladimir.—Es decir…

Estragón.—Hasta que venga. Ya vinimos ayer.

Vladimir.—¡Ah no! En eso te equivocas.

Estragón.—¿Qué hicimos ayer?

Vladimir.—¿Qué qué hicimos ayer?

Estragón.—Sí.

Vladimir.—Me parece… (Se rasca). Para sembrar dudas, eres único.

Estragón.—Creo que estuvimos aquí.

Vladimir.—¿El lugar, ¿te resulta familiar?

Estragón.—No he dicho eso.

Vladimir.—¿Entonces?

Estragón.—Eso no importa.

Vladimir.—Sin embargo… este árbol… (Se vuelve hacia el público), esa turba.

Estragón.—¿Estás seguro de que era esta noche?

Vladimir.—¿Qué?

Estragón.—Cuando debíamos esperarle.

Vladimir.—Dijo sábado. (Pausa). Creo.

Estragón.—Después del trabajo.

Vladimir.—Debí apuntarlo. (Registra en sus bolsillos, repletos de toda clase de porquerías).

Estragón.—Pero ¿qué sábado? Además, ¿hoy es sábado? ¿No será domingo? ¿o lunes? ¿o viernes?